Eusebio Hierónimo (en latín: Eusebius Sophronius Hieronymus; en griego: Εὐσέβιος Σωφρόνιος Ἱερώνυμος; Estridón, Dalmacia, c. 340-Belén, 30 de septiembre de 420), conocido comúnmente como san Jerónimo, pero también como Jerónimo de Estridón o, simplemente, Jerónimo, es un santo cristiano y padre de la iglesia, que tradujo la Biblia del hebreo y del griego al latín por encargo del papa Dámaso I. La traducción al latín de la Biblia hecha por san Jerónimo fue llamada la Vulgata (de vulgata editio, «edición para el pueblo») y publicada en el siglo IV. Esta versión fue declarada en 1546, durante el Concilio de Trento, la edición auténtica de la Biblia para la Iglesia católica latina.
San Jerónimo dominaba el latín, su lengua materna, y conocía en profundidad la retórica clásica de esa lengua, además tenía un amplio manejo del griego y sabía algo de hebreo cuando comenzó su proyecto de traducción, si bien se mudó a Belén para perfeccionar sus conocimientos de ese idioma, convirtiéndose así en un filólogo trilingüe. En el año 382, corrigió la versión latina existente del Nuevo Testamento y en la década de 390 comenzó a traducir el Antiguo Testamento directamente del hebreo (ya había traducido fragmentos de la Septuaginta provenientes de Alejandría). Completó su obra en el año 405.
Si Agustín de Hipona merece ser llamado el padre de la teología latina, Jerónimo lo es de la exégesis bíblica. Con sus obras, resultantes de su notable erudición, ejerció una influencia duradera sobre la forma de traducción e interpretación de las Sagradas Escrituras y en el uso del latín eclesiástico. Su lista de escritos es extensa. Además de sus obras bíblicas, escribió ensayos polémicos e históricos, siempre desde una perspectiva teológica.
Jerónimo fue conocido por sus enseñanzas sobre la vida moral cristiana, especialmente en centros cosmopolitas como Roma. A menudo se centró en la vida de las mujeres e instruía en cómo debía vivir una mujer devota de Jesús. Este enfoque provenía de su estrecha relación con varias ascetas prominentes que pertenecían a familias senatoriales adineradas. Además, sus obras son una fuente crucial de información sobre la pronunciación del hebreo en la Palestina bizantina.
Es considerado uno de los Padres de la Iglesia, junto a Ambrosio, Agustín y Gregorio uno de los cuatro Padres latinos, y doctor de la Iglesia. También es considerado como santo por las iglesias católica, ortodoxa, copta, armenia, luterana y la anglicana.
En su honor se celebra, cada 30 de septiembre, el Día Internacional de la Traducción.
Biografía
Primeros años
Nació en Estridón (oppidum, más tarde destruido por los godos en 392) en la frontera de Dalmacia y Panonia, entre los años 331 y 347, según distintos autores; más bien a mediados de siglo, ya que era niño cuando murió el emperador Juliano el Apóstata. Sus padres eran cristianos con algunos medios de fortuna, y Jerónimo, cuyo nombre significa 'el que tiene un nombre sagrado', aunque no había sido bautizado todavía, como era costumbre en la época, fue inscrito como catecúmeno y consagrará toda su vida al estudio de las Sagradas Escrituras, siendo considerado uno de los mejores, si no el mejor, en este oficio.
A los doce años partió hacia Roma con su amigo Bonoso para proseguir sus estudios de gramática, astronomía y literatura bajo la dirección del más grande gramático en lengua latina de su tiempo, Elio Donato, que era pagano. Allí el santo llegó a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero por entonces había leído pocos libros espirituales y religiosos. Pasaba horas y días leyendo y aprendiendo de memoria a los grandes autores latinos, Cicerón (quien fue su principal modelo y cuyo estilo imitó), Virgilio, Horacio, Tácito y Quintiliano, y a los autores griegos Homero y Platón, pero casi nunca dedicaba tiempo a la lectura espiritual. Hizo amistad allí con Rufino de Aquilea y Heliodoro de Altino, y frecuentó el teatro y el circo romano.
Conversión al cristianismo
San Jerónimo en la Crónica de Núremberg (1493).
Aunque al principio temía al cristianismo, finalmente se convirtió. Hacia los dieciséis años siguió cursos de retórica, filosofía y griego con un rétor y pidió el bautismo hacia el año 366 d. C.
Presa del deseo de llevar una vida de penitencia ascética, Jerónimo se retiró durante un tiempo al desierto de Calcis, al sureste de Antioquía, conocido como la «Tebaida siria» por el número de eremitas (ermitaños) que lo habitaban. Durante este periodo, parece que encontró tiempo para estudiar y escribir. Hizo su primer intento de aprender hebreo bajo la guía de un judío converso, y parece que mantuvo correspondencia con cristianos judíos en Antioquía. Por esa época, copió para sí mismo un evangelio hebreo, del que se conservan fragmentos en sus notas. Hoy en día se conoce como el Evangelio de los Hebreos, que los nazarenos consideraban el verdadero Evangelio de Mateo. Jerónimo tradujo partes de este Evangelio hebreo al griego.
Viajó con Bonosus a las Galias hacia 367, y se instaló en Tréveris, «en la orilla bárbara del Rin». Allí empieza su vocación teológica y compila, para su amigo Rufino, el Comentario sobre los Salmos de Hilario de Poitiers y el tratado De synodis, donde descubre el naciente monacato. Permanece después un tiempo, quizá numerosos años, en una comunidad cenobítica con Rufino y Cromacio de Aquilea y en ese momento rompe su relación con su familia y afirma su voluntad de consagrarse a Dios. Algunos de sus amigos cristianos lo acompañan cuando hace un viaje, hacia 373, a través de Tracia y Asia Menor para detenerse en el norte de Siria. En Antioquía, dos de sus compañeros fallecen y él mismo cae seriamente enfermo varias veces. En el curso de una de esas recaídas (invierno de 373 o 374), tiene un sueño que le hace abandonar definitivamente sus estudios profanos y consagrarse a Dios. En ese sueño, que narra en una de sus Cartas o Epístolas, se le reprocha ser «ciceroniano, y no cristiano». Tras este sueño, renuncia durante una larga temporada al estudio de los clásicos profanos y profundiza en el de la Biblia bajo el impulso que le da Apolinar de Laodicea. Enseña además en Antioquía a un grupo de mujeres, siendo sin duda discípulo de Evagrio Póntico. Estudia los escritos de Tertuliano, Cipriano de Cartago e Hilario de Poitiers.
Deseando intensamente vivir en ascetismo y hacer penitencia por sus pecados, Jerónimo marchó al desierto sirio de Qinnasrin o Chalcis (la Tebaida siria), situado al suroeste de Antioquía. Rechazaba especialmente su fuerte sensualidad, su terrible mal genio y su gran orgullo. Pero aunque allí rezaba mucho, ayunaba y pasaba noches en vela, no conseguía la paz y descubrió que no estaba hecho para tal vida a causa de su mala salud: su destino no era vivir en soledad:
Yo, que por temor del infierno me había impuesto una prisión en compañía de escorpiones y venados, a menudo creía asistir a danzas de doncellas. Tenía yo el rostro empalidecido por el ayuno; pero el espíritu quemaba de deseos mi cuerpo helado, y los fuegos de la voluptuosidad crepitaban en un hombre casi muerto. Lo recuerdo bien: tenía a veces que gritar sin descanso todo el día y toda la noche. No cesaba de herirme el pecho. Mi celda me inspiraba un gran temor, como si fuera cómplice de mis obsesiones: furioso conmigo mismo, huía solo al desierto... Después de haber orado y llorado mucho, llegaba a creerme en el coro de los ángeles.
Carta XXII a Eustoquia.
Es en esa época de Antioquía cuando empezó a interesarse por el Evangelio de los hebreos, que era, según las gentes de Antioquía, la fuente del Evangelio según San Mateo. Es más, en esta época comienza su primer comentario de exégesis bíblica por el más pequeño libro del Antiguo Testamento, el Libro de Abdías, para lo cual tomó tiempo para aprender bien el hebreo con ayuda de un judío:
Me puse bajo la disciplina de cierto hermano judío, convertido tras los altos conceptos de Quintiliano, los amplios períodos de Cicerón, la gravedad de Frontino y los encantos de Plinio; aprendí el alfabeto hebreo, ejercitándome en pronunciar las sibilantes y las guturales. ¡Cuántas fatigas sufrí! ¡Cuántas dificultades experimenté! A menudo desesperaba de alcanzar mi objetivo: todo lo abandonaba. Luego, decidido a vencer, reanudaba el combate. Testigos de ello son mi conciencia y las de mis compañeros. Sin embargo, le doy gracias al Señor de haber sacado tan dulces frutos de la amargura de tal iniciación en las letras. Carta CXXIV, l2.
Tradujo entonces el Evangelio de los nazarenos, que él consideró durante cierto tiempo como el original del Evangelio según Mateo. En ese periodo empezó además su caudaloso Epistolario.
A su vuelta a Antioquía, en 378 o 379, fue ordenado por el obispo Paulino de Antioquía y poco tiempo después partió a Constantinopla para continuar sus estudios de las Sagradas Escrituras bajo la égida de Gregorio Nacianceno, pero también para evitar las querellas teológicas entre los partidarios del credo del Concilio de Nicea y el arrianismo. Permaneció allí dos años siguiendo los cursos de Gregorio, a quien describe como su preceptor. Es en este periodo cuando descubre a Orígenes y comienza a desarrollar una exégesis bíblica trilingüe, comparativa de las interpretaciones latinas, griegas y hebraicas del texto de la Biblia. Y traduce al latín y completa las tablas cronológicas de la Crónica de Eusebio de Cesarea, una historia universal desde Abraham hasta Constantino.
Ministerio en Roma
Regresó a Roma en el año 382 y allí permanecerá tres años. Los obispos de Italia junto con el papa nombraron secretario de este último a San Ambrosio, pero este cayó enfermo y eligieron después a Jerónimo, cargo que desempeñó con mucha eficiencia. Viendo sus dotes y conocimientos, el papa Dámaso I lo nombró su secretario y le encargó redactar las cartas que el pontífice enviaba. Y más tarde le designó para hacer la recopilación del canon de la Biblia y traducirla. Entonces, Jerónimo descubrió su verdadera vocación, con la que podía servir a Dios: la de filólogo. La traducción de la Biblia que circulaba en ese tiempo en Occidente (llamada actualmente Vetus Latina) tenía muchas variantes, imperfecciones de lenguaje e imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la Biblia, en la traducción llamada Vulgata (lit. «la de uso común»).
Durante su estancia en Roma, Jerónimo ofició de guía espiritual para un grupo de mujeres pertenecientes a la aristocracia o patriciado romano, entre quienes se contaban las viudas Marcela y Paula de Roma (esta última, madre de la joven Eustoquia, a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas epístolas sobre el tema de la virginidad). Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y en el camino de la perfección evangélica, que incluía el abandono de las vanidades del mundo y el desarrollo de obras de caridad. Ese centro de espiritualidad se hallaba en un palacio del monte Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. La dirección espiritual de mujeres le valió a Jerónimo críticas por parte del clero romano, que llegaron incluso a la difamación y a la calumnia. Sin embargo, Paladio afirma que el vínculo con Paula de Roma le fue a Jerónimo de utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y había aprendido suficiente hebreo en Palestina como para cantar los Salmos en la lengua original. Es un hecho que buena parte del Epistolario de Jerónimo se dirigió a distintos miembros de ese grupo, al cual se uniría más tarde Fabiola de Roma, una joven divorciada y vuelta a casar que se convertiría en una de las grandes seguidoras de Jerónimo. Varios miembros de este grupo, entre ellos Paula y Fabiola, también acompañaron a Jerónimo en diferentes momentos durante su estancia en Belén.
En el Concilio de Roma de 382, el papa Dámaso I expidió un decreto conocido como Decreto de Dámaso que según algunos autores contenía una lista de los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Le pidió a san Jerónimo que escribiera una nueva traducción de la Biblia, a fin de acabar con las diferencias que había con la versión de la Biblia que circulaba en Occidente, la llamada Vetus Latina. Comenzó entonces esta labor con la traducción de los Psalmos o Salmos. Y además tradujo, por petición expresa del papa Dámaso, los Comentarios sobre el Cantar de los cantares de Orígenes y el tratado Sobre el Espíritu Santo de Dídimo el Ciego.
Sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le atrajeron envidias, que crecieron cuando falleció su protector, el papa Dámaso. Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban su modo enérgico de corrección, dispuso alejarse de ahí para siempre y se fue a Tierra Santa, llegando a Antioquía en agosto del año 385 acompañado de su hermano Pauliniano y de algunos amigos.
Retorno a Tierra Santa
Jerónimo obedecía así un canon del Concilio de Nicea que establecía que los sacerdotes estuvieran en sus diócesis de origen. Fue seguido poco después por santa Paula y Eustoquia, resueltas a abandonar su entorno patricio para acabar sus días en Tierra Santa. Los peregrinos, recibidos por el obispo Paulino de Antioquía, visitaron Jerusalén, Belén y los santos lugares de Galilea. Se encontraron con Melania la Vieja y Rufino de Aquilea, amigo de la juventud, en Jerusalén, donde llevaban una vida de penitencia y oración en monasterios que Jerónimo cita en sus Cartas. En un comentario de Sofonías (profeta) I: 15, retomó la acusación de deicidio contra los judíos formulada en el corpus de los patrístico: «Este día es un día de furor, un día de angustia y de aprieto, un día de alboroto y desolación, un día de nubes y de sombras...» Y menciona el hábito de los judíos de ir a llorar al Muro de las lamentaciones: «Hasta este día, estos inquilinos hipócritas tienen prohibido venir a Jerusalén, ya que son los asesinos de los profetas y sobre todo del último entre ellos, el Hijo de Dios; a menos que vengan a llorar, porque se les dio permiso para lamentarse sobre las ruinas de la villa, mediante pago».
Durante el invierno de 385 a 386, Jerónimo y Paula parten a Egipto, pues allí estaba la cuna de los grandes modelos de vida ascética. En Alejandría, Jerónimo pudo volver a ver al catequista Dídimo el Ciego explicar al profeta Oseas y contar los recuerdos que tenía del asceta Antonio el Grande, fallecido treinta años antes.
En el año 386 regresó a Belén, donde fundó una comunidad de ascetas y estudiosos y pasó sus últimos 35 años en una gruta. Dicha cueva se encuentra actualmente en el foso de la Iglesia de Santa Catalina en Belén. Varias de las ricas matronas romanas, que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una posada para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús de Nazaret.
Construyó y desarrolló su monasterio durante tres años gracias a los medios de que le proveyó Paula. Ella dirigía el monasterio de mujeres y Jerónimo el de hombres, aunque él asumía la dirección espiritual tanto de los hombres como de las mujeres a través de la exégesis de las Escrituras, cuya exposición tenía un lugar prominente en la vida comunitaria regulada por Jerónimo. Jerónimo asimilaba la Biblia a Cristo y escribió:
A su vuelta a Antioquía, en 378 o 379, fue ordenado por el obispo Paulino de Antioquía y poco tiempo después partió a Constantinopla para continuar sus estudios de las Sagradas Escrituras bajo la égida de Gregorio Nacianceno, pero también para evitar las querellas teológicas entre los partidarios del credo del Concilio de Nicea y el arrianismo. Permaneció allí dos años siguiendo los cursos de Gregorio, a quien describe como su preceptor. Es en este periodo cuando descubre a Orígenes y comienza a desarrollar una exégesis bíblica trilingüe, comparativa de las interpretaciones latinas, griegas y hebraicas del texto de la Biblia. Y traduce al latín y completa las tablas cronológicas de la Crónica de Eusebio de Cesarea, una historia universal desde Abraham hasta Constantino.
Ministerio en Roma
Regresó a Roma en el año 382 y allí permanecerá tres años. Los obispos de Italia junto con el papa nombraron secretario de este último a San Ambrosio, pero este cayó enfermo y eligieron después a Jerónimo, cargo que desempeñó con mucha eficiencia. Viendo sus dotes y conocimientos, el papa Dámaso I lo nombró su secretario y le encargó redactar las cartas que el pontífice enviaba. Y más tarde le designó para hacer la recopilación del canon de la Biblia y traducirla. Entonces, Jerónimo descubrió su verdadera vocación, con la que podía servir a Dios: la de filólogo. La traducción de la Biblia que circulaba en ese tiempo en Occidente (llamada actualmente Vetus Latina) tenía muchas variantes, imperfecciones de lenguaje e imprecisiones o traducciones no muy exactas. Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la Biblia, en la traducción llamada Vulgata (lit. «la de uso común»).
Durante su estancia en Roma, Jerónimo ofició de guía espiritual para un grupo de mujeres pertenecientes a la aristocracia o patriciado romano, entre quienes se contaban las viudas Marcela y Paula de Roma (esta última, madre de la joven Eustoquia, a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas epístolas sobre el tema de la virginidad). Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y en el camino de la perfección evangélica, que incluía el abandono de las vanidades del mundo y el desarrollo de obras de caridad. Ese centro de espiritualidad se hallaba en un palacio del monte Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. La dirección espiritual de mujeres le valió a Jerónimo críticas por parte del clero romano, que llegaron incluso a la difamación y a la calumnia. Sin embargo, Paladio afirma que el vínculo con Paula de Roma le fue a Jerónimo de utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y había aprendido suficiente hebreo en Palestina como para cantar los Salmos en la lengua original. Es un hecho que buena parte del Epistolario de Jerónimo se dirigió a distintos miembros de ese grupo, al cual se uniría más tarde Fabiola de Roma, una joven divorciada y vuelta a casar que se convertiría en una de las grandes seguidoras de Jerónimo. Varios miembros de este grupo, entre ellos Paula y Fabiola, también acompañaron a Jerónimo en diferentes momentos durante su estancia en Belén.
En el Concilio de Roma de 382, el papa Dámaso I expidió un decreto conocido como Decreto de Dámaso que según algunos autores contenía una lista de los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Le pidió a san Jerónimo que escribiera una nueva traducción de la Biblia, a fin de acabar con las diferencias que había con la versión de la Biblia que circulaba en Occidente, la llamada Vetus Latina. Comenzó entonces esta labor con la traducción de los Psalmos o Salmos. Y además tradujo, por petición expresa del papa Dámaso, los Comentarios sobre el Cantar de los cantares de Orígenes y el tratado Sobre el Espíritu Santo de Dídimo el Ciego.
Sus altos cargos en Roma y la dureza con la cual corregía ciertos defectos de la alta clase social le atrajeron envidias, que crecieron cuando falleció su protector, el papa Dámaso. Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, donde no aceptaban su modo enérgico de corrección, dispuso alejarse de ahí para siempre y se fue a Tierra Santa, llegando a Antioquía en agosto del año 385 acompañado de su hermano Pauliniano y de algunos amigos.
Retorno a Tierra Santa
Jerónimo obedecía así un canon del Concilio de Nicea que establecía que los sacerdotes estuvieran en sus diócesis de origen. Fue seguido poco después por santa Paula y Eustoquia, resueltas a abandonar su entorno patricio para acabar sus días en Tierra Santa. Los peregrinos, recibidos por el obispo Paulino de Antioquía, visitaron Jerusalén, Belén y los santos lugares de Galilea. Se encontraron con Melania la Vieja y Rufino de Aquilea, amigo de la juventud, en Jerusalén, donde llevaban una vida de penitencia y oración en monasterios que Jerónimo cita en sus Cartas. En un comentario de Sofonías (profeta) I: 15, retomó la acusación de deicidio contra los judíos formulada en el corpus de los patrístico: «Este día es un día de furor, un día de angustia y de aprieto, un día de alboroto y desolación, un día de nubes y de sombras...» Y menciona el hábito de los judíos de ir a llorar al Muro de las lamentaciones: «Hasta este día, estos inquilinos hipócritas tienen prohibido venir a Jerusalén, ya que son los asesinos de los profetas y sobre todo del último entre ellos, el Hijo de Dios; a menos que vengan a llorar, porque se les dio permiso para lamentarse sobre las ruinas de la villa, mediante pago».
Durante el invierno de 385 a 386, Jerónimo y Paula parten a Egipto, pues allí estaba la cuna de los grandes modelos de vida ascética. En Alejandría, Jerónimo pudo volver a ver al catequista Dídimo el Ciego explicar al profeta Oseas y contar los recuerdos que tenía del asceta Antonio el Grande, fallecido treinta años antes.
En el año 386 regresó a Belén, donde fundó una comunidad de ascetas y estudiosos y pasó sus últimos 35 años en una gruta. Dicha cueva se encuentra actualmente en el foso de la Iglesia de Santa Catalina en Belén. Varias de las ricas matronas romanas, que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén a seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres, y una posada para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo a visitar el sitio donde nació Jesús de Nazaret.
Construyó y desarrolló su monasterio durante tres años gracias a los medios de que le proveyó Paula. Ella dirigía el monasterio de mujeres y Jerónimo el de hombres, aunque él asumía la dirección espiritual tanto de los hombres como de las mujeres a través de la exégesis de las Escrituras, cuya exposición tenía un lugar prominente en la vida comunitaria regulada por Jerónimo. Jerónimo asimilaba la Biblia a Cristo y escribió:
«Ama las Santas Escrituras y la sabiduría te amará, es preciso que tu lengua no conozca más que a Cristo, que no pueda decir sino lo que es santo». Y mostró cualidades de pedagogo al escribir un manual de educación para la nieta de Paula: «Que se le hagan letras de boj o marfil, y que las llame por su nombre; que se divierta con ello, de forma que su diversión le sea también una enseñanza..., que juntar sílabas le merezca una recompensa, que así se la estimulará con los pequeños regalos que pueden deleitar en esa edad». Y continúan sus consejos: «Que tenga compañeros de estudios que pueda envidiar, cuyo elogio la incite. Que no se le regañe si ella es un poco lenta, sino se estimule su mente con los cumplidos; que descubra la alegría en el éxito y el fracaso en los problemas. Asegúrese especialmente de que no tome disgusto en los estudios, porque la amargura que se siente en la infancia podría durar más allá de los años de aprendizaje».En su correspondencia con algunos romanos que le pedían consejo, Jerónimo muestra la importancia que otorgaba a la vida comunitaria: «Preferiría que estuvieses en una santa comunidad, que no te enseñases a ti mismo y no te comprometieses sin maestro en un voto completamente nuevo para ti», recomendando moderación en el ayuno corporal: «La impropiedad será el índice de la nitidez de tu alma... Una nutrición módica, pero razonable, es beneficiosa para cuerpo y alma», así como evitar la ociosidad: «Reserva un poco de trabajo manual, para que el diablo te encuentre siempre ocupado», poniendo fin a su consejo con la máxima: «Cristo está desnudo, es lo desnudo. Es duro, es grandioso y difícil; pero es magnífica la recompensa por ello».
Obras académicas
Traducción de la Biblia (382-405)
Jerónimo era un erudito en una época en la que ser erudito implicaba dominar el griego. Sabía algo de hebreo cuando comenzó su proyecto de traducción, pero se trasladó a Jerusalén para reforzar sus conocimientos sobre los comentarios de las escrituras judías. Paula, una rica aristócrata romana, financió la estancia de Jerónimo en un monasterio de la cercana ciudad de Belén, donde se instaló junto a la Basílica de la Natividad, construida medio siglo antes por orden del emperador Constantino sobre lo que se consideraba el lugar de la Natividad de Jesús, y allí completó su traducción.
Comenzó en 382 corrigiendo la versión existente en latín del Nuevo Testamento, comúnmente conocida como la «Vetus Latina». En 390 se dedicó a traducir la Biblia hebrea del hebreo original, tras haber traducido previamente partes de la Septuaginta procedente de Alejandría. Creía que el judaísmo rabínico dominante había rechazado la Septuaginta como textos bíblicos judíos inválidos debido a lo que se consideraban errores de traducción, junto con sus elementos helenísticos heréticos. Completó esta obra en 405.
Antes de la Vulgata de Jerónimo, todas las traducciones latinas del Antiguo Testamento se basaban en la Septuaginta, no en el hebreo. La decisión de Jerónimo de utilizar un texto hebreo en lugar de la Septuaginta previamente traducida iba en contra del consejo de la mayoría de los demás cristianos, incluido Agustín, que consideraba que la Septuaginta estaba inspirada. Algunos estudiosos modernos creen que la Hexapla griega es la fuente principal de la traducción del Antiguo Testamento de Jerónimo «iuxta Hebraeos» (es decir, «cerca de los hebreos», «inmediatamente después de los hebreos»). Algunos estudiosos han puesto en duda la calidad real de los conocimientos de hebreo de Jerónimo, sin embargo, estudios detallados han demostrado que, en gran medida, Jerónimo era un hebraísta competente. En Belén profundizó sus conocimientos de hebreo siguiendo los cursos del rabino Bar Anima y estudiando en la biblioteca de Cesarea de Palestina los diferentes escritos de Orígenes, así como el Antiguo Testamento en griego y hebreo. Jerónimo desarrolló comentarios sobre el Eclesiastés; para esto se apoyó en diferentes interpretaciones a fin de poder descubrir el sentido literal y luego hacer comentarios. A petición de Paula y de Eustoquia, tradujo la Epístola a los Gálatas y luego hizo el mismo trabajo con la Epístola a los Efesios y la Epístola a Tito.
En 389 interrumpió su trabajo sobre las Epístolas paulinas a fin de empezar la traducción del Salterio. Comienza la traducción del Libro de Nahúm. Desarrolló entonces su método de exégesis, tomado en gran parte de Orígenes: traducir el libro en sus diferentes versiones para dar luego una explicación histórica, alegórica luego y por fin espiritual. Usó sus comentarios sobre la Biblia para responder a la teología de Marción, quien había cuestionado la unidad del Dios del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Escribe los comentarios al Libro de Miqueas, al Libro de Sofonías, al Libro de Ageo y al Libro de Habacuc.
De 389 a 392, Jerónimo trabaja en la traducción al latín de la Biblia Septuaginta, utilizando la técnica de la Hexapla de Orígenes y, a petición de nuevo de Paula y de Eustoquia, traduce las 39 homilías de Orígenes y critica los escritos de Ambrosio de Milán, quien utiliza los escritos de Orígenes en malas y engañosas traducciones. Su investigación bíblica lo condujo a elaborar un Índice onomástico u Onomasticon de nombres hebreos de persona y un Índice toponímico hebreo de nombres de lugar, continuando la iniciativa del rabino Filón de Alejandría y complementando así la ya elaborada por Eusebio. Este estudio supuso la importante novedad en la exégesis bíblica del cristianismo de usar el hebreo y las tradiciones rabínicas a fin de comprender mejor el sentido de algunos pasajes de la Biblia, novedad que no seguían quienes usaban solamente la versión griega de la Biblia, la Septuaginta, en la exégesis.
Con tremenda energía escribía contra las diferentes herejías. Pero una disputa sobre la doctrina de Orígenes (y más en concreto por la traducción del Tratado de los principios de Orígenes, considerado herético) enfrentó a Jerónimo contra su compatriota y amigo más querido, Rufino de Aquilea, y luego con el patriarca Juan II de Jerusalén, tras del cual Rufino se protegía prudentemente; al colocarse entonces al lado de Epifanio de Salamina, que llegó expresamente para combatir el origenismo, Jerónimo se vio de cierta manera excomulgado: a él y a sus monjes se les prohibió la entrada a la Iglesia de Belén y a la gruta de la Natividad. A fin de asegurar el culto para la comunidad, hizo ordenar sacerdote a su hermano Pauliniano, pero por las manos de Epifanio, lo que fue considerado como una invasión de la jurisdicción del obispo del lugar y agravó todavía más el conflicto. Esto no le impidió proseguir sus trabajos, pero sus cartas de esta época dejan traslucir con frecuencia la amargura y la pena, aunque la reconciliación con Rufino se efectuó, sin embargo, antes de que este saliera de Palestina (año 397), y con Juan II de Jerusalén un poco más tarde. Pero luego Rufino, ya de retorno en Roma, habiendo creído poder respaldarse con Jerónimo en el prefacio de una traducción de una obra de Orígenes, protestó de nuevo Jerónimo:
Yo he alabado a Orígenes en cuanto exégeta, no en cuanto dogmatista; en cuanto filósofo, no en cuanto apóstol; por su genio y su erudición, no por su fe... Quienes dicen conocer mi juicio sobre Orígenes, que lean mi comentario al Eclesiastés y los tres volúmenes sobre la Epístola a los Efesios, y claramente verán que siempre he sido hostil a sus doctrinas... Si no se quiere reconocer que jamás he sido origenista, que al menos se admita que he dejado de serlo.
Carta LXXXIV.
Finalmente, habiendo publicado Rufino sus Invectivas, Jerónimo, herido en lo más vivo, respondió con una Apología contra Rufino en el tono más acre y, a remolque de Teófilo de Alejandría en su polémica antiorigenista, caerá en expresiones violentas e injustas no solamente contra ciertos monjes recalcitrantes, sino contra el propio San Juan Crisóstomo. Cuando Rufino fallece en 410, aún durará el encono de Jerónimo, que escribió lo siguiente:
Murió el escorpión en tierras de Sicilia y la hidra de numerosas cabezas dejó de silbar contra nosotros... A paso de tortuga caminaba entre gruñidos... Nerón en su fuero interno y Catón por las apariencias, era en todo una figura ambigua, hasta el punto de que podía decirse que era un monstruo compuesto de muchas y contrapuestas naturalezas, una bestia insólita al decir del poeta: por delante un león, por detrás un dragón y por en medio una quimera.Jerónimo también elaboró dos onomásticas que se encontraron comúnmente en las Biblias posteriores hasta la Reforma:
Prólogo a su comentario sobre Ezequiel. Onomástica bíblica
Liber de Nominibus Hebraicis, una lista de nombres de personas de la Biblia y etimologías, basada en una obra atribuida a Filón y ampliada por Orígenes; Una traducción y ampliación del Onomasticon de Eusebio, que enumera y comenta los lugares mencionados en la Biblia.
Comentarios (405-420)
Durante los siguientes 15 años, hasta su muerte, Jerónimo produjo una serie de comentarios sobre las Escrituras, en los que a menudo explicaba sus elecciones de traducción utilizando el hebreo original en lugar de traducciones sospechosas. Sus comentarios patrísticos se ajustan estrechamente a la tradición judía, y se entrega a sutilezas alegóricas y místicas al estilo de Filón y la escuela alejandrina. A diferencia de sus contemporáneos, enfatiza la diferencia entre los «apócrifos» de la Biblia hebrea y la «Hebraica veritas» de los libros protocanónicos. En sus prólogos de la Vulgata, describe algunas partes de los libros de la Septuaginta que no se encuentran en el hebreo como no canónicas (las llamó «apócrifos»); para Baruc, lo menciona por su nombre en su Prólogo a Jeremías y señala que no se lee ni se conserva entre los hebreos, pero no lo califica explícitamente de apócrifo o «no canónico». Su Prefacio a los Libros de Samuel y Reyes (comúnmente llamado el «Prefacio con yelmo») incluye la siguiente declaración:
Este prefacio a las Escrituras puede servir como una introducción «con casco» a todos los libros que traducimos del hebreo al latín, de modo que podamos estar seguros de que lo que no se encuentra en nuestra lista debe colocarse entre los escritos apócrifos. Por lo tanto, el Libro de la Sabiduría, que generalmente lleva el nombre de Salomón, y el libro de Jesús, hijo de Sirach, el Libro de Judit, el Libro de Tobías y el Pastor no están en el canon. He descubierto que el primer libro de Macabeos está escrito en hebreo, mientras que el segundo está escrito en griego, como se puede demostrar por el estilo mismo.Escritos históricos y hagiográficos
Jerónimo como historiador La obra histórica más famosa de Jerónimo fue el Chronicon, una traducción, reelaboración y continuación del Chronicon de Eusebio. Escrita en Constantinopla alrededor del año 380, se convirtió en un texto influyente en la cristiandad latina, a pesar de que no está exenta de errores.En sus otras obras evocó acontecimientos históricos y utilizó la historia como ejemplo y fuente de argumentación. Aunque Jerónimo se dedicó a la escritura histórica, no se consideraba obligado a seguir las reglas de los historiadores, por lo que su producción en este ámbito debe juzgarse en consecuencia.
El siguiente pasaje, tomado de la hagiografía de Jerónimo, parece ser el relato más antiguo sobre la etiología, los síntomas y la cura de la deficiencia grave de vitamina A:
Desde los treinta y un hasta los treinta y cinco años, su alimentación consistía en seis onzas de pan de cebada y verduras ligeramente cocidas sin aceite. Pero al darse cuenta de que sus ojos se estaban volviendo borrosos y que todo su cuerpo estaba arrugado con una erupción y una especie de aspereza pétrea (impetigine et pumicea quad scabredine), añadió aceite a su antigua dieta y, hasta los sesenta y tres años de su vida, siguió este régimen moderado, sin probar frutas, legumbres ni nada más.Cartas
Las cartas o epístolas de Jerónimo, tanto por la gran variedad de sus temas como por sus cualidades estilísticas, constituyen una parte importante de su legado literario. Ya sea discutiendo problemas académicos, razonando sobre casos de conciencia, consolando a los afligidos, diciendo cosas agradables a sus amigos, fustigando los vicios y la corrupción de la época y denunciando la inmoralidad sexual entre el clero, exhortando a la vida ascética y a la renuncia al mundo, o debatiendo con sus oponentes teológicos, ofrece una imagen vívida no solo de su propia mente, sino también de la época y sus características peculiares. Dado que no existía una línea clara entre los documentos personales y los destinados a la publicación, sus cartas contienen con frecuencia tanto mensajes confidenciales como tratados destinados a otras personas además de a quien se dirigía.
Debido al tiempo que pasó en Roma entre familias adineradas pertenecientes a la clase alta romana, Jerónimo recibía con frecuencia encargos de mujeres que habían hecho voto de virginidad para que les escribiera y les orientara sobre cómo vivir su vida. Como resultado, pasó gran parte de su vida manteniendo correspondencia con estas mujeres sobre ciertas abstinencias y prácticas de estilo de vida.
Escatología
Jerónimo advirtió que aquellos que sustituían el significado real de las Escrituras por interpretaciones falsas pertenecían a la «sinagoga del Anticristo». «El que no es de Cristo es del Anticristo», escribió al Papa Dámaso I. Creía que «el misterio de la iniquidad» del que habla Pablo en 2 Tesalonicenses 2:7 ya estaba en marcha cuando «todos hablan de sus opiniones».Para Jerónimo, el poder que contenía este misterio de iniquidad era el Imperio Romano, pero al caer este, la fuerza contenedora desapareció. Advirtió a una noble de Galia: La Iglesia católica ha reconocido siempre a san Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia, por lo que fue nombrado patrono de todos los que en el mundo se dedican a explicar la Biblia; por extensión, se le considera el santo patrono de los traductores.
Murió el 30 de septiembre del año 420, a los 80 años. En su recuerdo se celebra el Día internacional de la Traducción.
San Jerónimo penitente es un tema artístico relativamente frecuente en el arte cristiano. La escena se suele aprovechar para demostrar la capacidad del pintor para el paisaje y la anatomía, representando a San Jerónimo parcialmente desnudo, con el ropaje desordenado, habitualmente en el trance de lastimarse a sí mismo con una piedra. Cuando no es así, se le representa en posición orante (arrodillado) o en otra que exprese las penitencias y meditaciones a que se entregó mientras llevaba vida de anacoreta retirado en el desierto.
Entre los elementos iconográficos que permiten la identificación del santo están el crucifijo y la calavera (indicativos de su condición ascética y el asunto de sus meditaciones -entronca con el tema Vanitas-), el león (al que habría librado de una espina en su pata, según la Leyenda Áurea -posiblemente se trata de una confusión de Jacopo da Vorágine, atribuyendo a Jerónimo lo que se decía de San Gerásimo-), las vestiduras eclesiásticas de color rojo, incluyendo el tocado (por su condición cardenalicia) y un libro (La Vulgata o traducción latina de la Biblia, que fue obra suya).
Otros temas confluyentes, que pueden o no representarse de forma equivalente, son el de "San Jerónimo en el desierto", y el de "San Jerónimo en su estudio", "en su gabinete", "escribiendo, "en oración" o "meditando" ("meditaciones de San Jerónimo").


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