"¿Cómo puedo amar de verdad al Señor? ¿Qué debo hacer para agradarle? Enséñamelo. Él me da un gran deseo de ser todo suyo, pero no sé qué hacer”. Esta era la pregunta que Pedro Claver, estudiante de filosofía en Palma de Mallorca (España) dirigía al portero del convento de los jesuitas, Alfonso Rodríguez. Éste, tras haber rezado largo tiempo, exhortó al joven a partir para evangelizar en América.
Pedro Claver nació en Verdú, Urgell, el año 1580. A partir de 1596 estudió letras y artes en Barcelona, y en 1602 ingresó en la Compañía de Jesús. San Alfonso Rodríguez, portero del colegio de los jesuitas de Palma de Mallorca despertó en el joven Pedro la vocación de misionero. Ordenado sacerdote el año 1616 en la misión de Colombia, allí ejerció hasta la muerte un apostolado especialmente dedicado a los esclavos negros, con el voto de ser esclavo de los esclavos negros para siempre. Extenuado, moría en Cartagena de Indias, el 8 de septiembre de 1654. Fue canonizado por León XIII el año
1888. Esclavitud en tiempo de Claver
Hablar de San Pedro Claver es adentrarse en una época triste de la historia, ennegrecida por la esclavitud. A la ambición humana se le abrían amplios horizontes para conseguir sus objetivos de riqueza, poder y honores con el descubrimiento del nuevo continente americano.
Las nuevas tierras necesitaban urgentemente mano de obra barata para la explotación de las riquezas. Hombres aventureros, acostumbrados a comerciar con esclavos en Europa, crearon en compañía, en África, el complejo negocio del tráfico de esclavos, que comprendía su captura, transporte y comercialización. Hecho que ha pasado a la historia como una de las lacras más graves de la humanidad.
Cuentan las crónicas que las cacerías de negros surtían los almacenes de los negreros y que los propios reyezuelos indígenas del litoral africano se hacían intermediarios de los negreros en la mercancía humana.
La operación de captura comenzaba por el ataque a un poblado durante la noche. Los infelices habitantes capturados comenzaban, a partir de este momento, el itinerario cruel e inacabable de su esclavitud. Atados con grilletes y gruesas cadenas, se les identificaba ‐como se hace con el ganado‐ grabando en su cuerpo a fuego la marca de cada una de las compañías negreras.
Arrastrados a los galeones, que los tenían que llevar mar adentro, eran amontonados en las bodegas sin ningún tipo de compasión ni de atención higiénica. Un galeón negrero venía a ser como un gran ataúd flotando en medio del mar. Durante la navegación se abrían cada mañana las claraboyas, y los muertos, que venían a ser un veinte o treinta por ciento en cada viaje, eran arrojados al mar.
Al llegar a puerto y desembarcar, no era difícil poder contemplar el horroroso espectáculo de hombres y mujeres que presentaban en su propio cuerpo las vejaciones y maltratos sufridos durante la larga travesía. Ofrecidos como mercancía a los ojos voraces de los compradores, se iniciaba en ellos una nueva etapa de comercialización y explotación.
La noticia que tiene de eso Pedro Claver
Pedro Claver, tres años después de haber ingresado en la Compañía de Jesús, llegaba a Palma de Mallorca para estudiar filosofía.
Fue providencial su encuentro con el hermano portero del colegio de Montesion, Alfonso Rodríguez, un jesuita de ochenta años, con fama de santidad. Fue su íntimo amigo durante su estancia en la isla.
La obsesión del anciano era la salvación de las Indias de América, descubiertas apenas hacía un siglo. En las íntimas conversaciones con él, Pedro Claver pudo abrir los ojos a todo este mundo de injusticias para con la raza negra, y se dio cuenta enseguida de la urgencia de su abolición y transformación.
Claver no era un joven inteligente, intelectualmente brillante, pero como catalán sensato y con una visión realista de la situación del mundo en que vivía, se sintió como empujado a colaborar en esta transformación más en obras que con palabras. Así que, impulsado por el celo y los consejos reiterativos del viejo Alfonso, pidió ser enviado a las misiones de América.
Ya a punto de embarcar, cuando se encontraba en Sevilla haciendo los preparativos del viaje, vio con sus propios ojos y "tocó, por lo menos con el presentimiento y el deseo, el mundo de los esclavos" del puerto andaluz, oprimidos por sus dueños como bestias de carga. "Este entrenamiento de Sevilla, sólo probado, casi presentido, tuvo que impresionarle a lo largo del mes de espera".
La expedición de Pedro Claver zarpó de Sevilla el 15 de abril de 1610 y en la segunda o tercera semana de junio tocaría el puerto de Cartagena de Indias.
En Cartagena
Aquí conoció a otro jesuita, que también se llamaba Alfonso, el P. Sandoval, que hacía años trabajaba en la catequesis de los negros. Durante los pocos meses transcurridos en su compañía, le golpeó fuertemente el carácter abierto, dinámico y equilibrado de este religioso, entregado íntegramente al apostolado de los negros.
Pero Claver todavía tenía que continuar sus estudios en Santa Fe de Bogotá. Una vez terminados, y destinado definitivamente a Cartagena, volvería a encontrarse con Alfonso Sandoval, el cual le adiestraría magistralmente en la catequesis de los negros. Terminada la carrera y ordenado ya sacerdote en 1616, no haría la profesión solemne hasta el 1622. Pedro encabezó la fórmula acostumbrada en estos casos con estas palabras: Amor. Jesús, María, José, Ignacio, Pedro, los maestros y abogados míos y de mis queridos negros y Alfonso mío. Al final, rubrica la fórmula con unas palabras que expresan el objetivo de toda su vida: Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre. Así culminaba su proceso interior espiritual de vivir como un esclavo entre los esclavos negros para siempre.
Con esta decisión, tomada con toda conciencia, no se daba cuenta él ni los hombres de su tiempo que, con su ofrecimiento, comenzaba la transformación de todo un mundo de injusticias, la liberación de toda una raza oprimida y esclavizada, y que ofrecía al egoísmo de ricos y poderosos opresores un ejemplo inequívoco de amor humano y evangélico cien por cien, a cualquier hombre blanco o negro, y más si era esclavizado.
Y esto en la rutina cotidiana de una vida sencilla y pobre, generosa y silenciosa de anonimato, en medio de un mundo de poder, que cada vez le sería más hostil, y en un ambiente doméstico, donde sería incomprendido por sus hermanos de religión. La radicalidad evangélica le empujaba a asumir este proceso de aceptación, de incomprensiones, humillaciones, desprecios, condenas y ataques, precisamente por haber rubricado sin concesiones en la fórmula de la profesión: Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre.
Corto de palabras, pródigo de heroísmo
De Pedro Claver no podemos decir que fuera un apóstol de ideas geniales o un gran comunicador de la palabra. Más bien fue un hombre corto de palabras, pródigo de heroísmo, tal como reza la leyenda esculpida en su monumento en Verdú. No pierde tiempo en condenar la ambición de los poderosos, porqué demuestra sobradamente que es posible hacerlo con la entrega total, desinteresada, de su vida. No deja normas escritas sobre la manera de acercarse a unos seres desgraciados, porque bastante lo enseña cuando los lava, los cambia de ropa, los arropa, los cuida personalmente.
Y en vez de dedicarse a acusaciones estériles contra el tráfico de negros, acude prontamente y con gozosa disposición a los galeones que llegan a puerto, a fin de dar a sus negros, asustados y angustiados, una acogida tranquilizadora y el consuelo de una sonrisa, mientras les reparte ropa, bebidas, comida y dulces, que los alivia un poco de las penurias de la travesía. Y así continuaba mientras permanecían en Cartagena, en espera de ser comercializados, como objetos, a nuevos dueños.
Explica en una de sus cartas: Reunimos a los enfermos en dos círculos; de uno se encargó mi compañero con el intérprete, y separados del otro, que asumí yo. Entre ellos había dos que se morían: ya estaban fríos y no se les notaba el pulso. Tomamos una teja de brasas, la pusimos en medio del círculo junto a los que estaban muriéndose y, sacando diferentes perfumes, de los que llevábamos dos bolsas llenas que fueron gastadas en esta ocasión, les hicimos una fumigación y los cubrimos con nuestros manteos, ya que no llevaban nada encima y no había que perder tiempo en pedir algo a sus dueños; así recobraron calor y nuevo aliento vital; la cara se les puso muy alegre y tenían los ojos abiertos y nos miraban. De esta manera estuvimos hablándoles, no con la lengua, sino con las manos y las obras. Como están tan convencidos de que los han llevado para comérselos, hablarles de otra forma sería en vano.
La soledad de la última hora
Cuatro años antes de morir, enferma. Su salud está extraordinariamente debilitada. Durante estos cuatro años vive una soledad inexplicable, prácticamente olvidado de todos, incluso mal atendido por su criado negro. Dios le exigía un holocausto perfecto de su vida. Hasta que, a los 74 años, agotado por completo, la entregó a su Señor a quien había servido de corazón en los negros que amaba.
Murió en Cartagena de Indias, el 7 de septiembre de 1654, víspera de la Natividad de la Virgen, fiesta mayor en Montserrat, en su Cataluña natal.
El Papa León XIII, que lo canonizó junto con Alfonso Rodríguez el año 1888 y unos años después, en 1896, lo proclamó patrón universal de las misiones entre negros, pronunció estas palabras: Después de la vida de Cristo ninguna otra vida me ha conmovido tan profundamente como la del gran apóstol san Pedro Claver .
• Extraído del libro de Joan Ribalta sj, Sants i beats de la Companyia de Jesús
• Santuari i Refugi de Pelegrins Sant Pere Claver ‐ Verdú ‐ Catalunya









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